Al lado de la puerta, no recuerdo si a la izquierda o a la derecha, se encontraba una taquilla, recogÃas las entradas y cruzabas la puerta con ansia y expectación.
HabÃamos convencido a la abuela para que un jueves de cualquier semana que nos llevara a la casa de fieras. Entonces no se llamaba zoo. Digo un jueves porque por las tardes esos dÃas no habÃa colegio. Montábamos en metro en Ópera y nos bajábamos en Retiro, lo cruzábamos a toda prisa tirando de la abuela con las quejas oportunas.
- No andéis tan a prisa que no puedo seguiros.
Estábamos impacientes. Al entrar lo primero que se notaba eran el olor a "tigre" y los chillidos de los pavos reales y los mil monos de la jaula central.
La casa de fieras vista en el recuerdo se me antoja ahora un recinto recogido y coqueto.
Gente arremolinada delante de las jaulas de los felinos en sus sucias jaulas que parecÃan a veces no estar cuidados. Tristes y mirándonos a todos no sabemos si con apetito o con la paciencia de quien espera la hora de cerrar y meterse dentro. Tu no te separabas de la valla, metiéndote a empujones delante de los mayores que se retiraban para que pasaras, era nuestro privilegio; al menos aquà éramos tan reyes como el león.
Los tres hermanos nos subÃamos a las vallas de protección; necesitabas estar lo más cerca posible e intentar mirar desde lo más alto. Era un dÃa en el que disfrutar de la visita se anteponÃa a la hora del regreso y a lo que quedaba de semana. Nos llevábamos un bocata, la mayorÃa de las veces pan y chocolate MatÃas López, nos sentábamos con la abuela en un banco y dábamos fin de el con rapidez, era muy importante no perder detalle y continuar la excursión a nuestra selva particular.
Más adelante estando estudiando tercero de arquitectura se nos presentó la ocasión de ganar unas perras ayudando en el proyecto de la remodelación de la plaza de Colón, haciendo maquetas y delineando planos. Nuestra amada casa de fieras se habÃa convertido en el departamento de Parques y Jardines que dirigÃa el arquitecto Herrero Palacios.
Era como si hubiéramos usurpado los dominios del Leo Felix.
Algo de su historia
* En el Parque del Retiro, fue construida a principios del siglo XIX para gabinete de recreo del rey Fernando VII. Se podÃan contemplar gran variedad de animales y aves, algunos disecados para decoración de las estancias y otros muchos en jaulas y pajareras que habÃa en la planta principal de estos pabellones. En sus proximidades se dispusieron algunas jaulas y fosos como el kiosco de los monos, la elefantera, la leonera, osera y otras jaulas que habitaban pavos reales blancos de Japón, llamas peruanas y gacelas africanas.
La manutención corrÃa a cargo del Bolsillo Secreto de Su Majestad.
Isabel II amplió el gabinete con nuevas instalaciones, pajareras y jaulas para animales domésticos de otros paÃses.
Con la Revolución de 1868 el Parque del Retiro se abrió al público y el ayuntamiento asumió la función de cuidarlo, fue arrendada al famoso domador Luis Cavana, tomando el recinto un cierto aire circense.
En 1920 las instalaciones pasaron de nuevo a la tutela municipal y se encargó al jardinero mayor del ayuntamiento, Cecilio RodrÃguez, que acondicionara los paseos y los jardines de la casa de fieras, entre otras razones para poder contemplar gran variedad de felinos, algunos de gran tamaño, que habÃan sido traÃdos del Sahara y Guinea. Cinco años después se incrementaba la fauna con avestruces, cebras, elefantes, antÃlopes, osos polares y un hipopótamo.
Durante los años cincuenta, con proyecto del arquitecto alemán Hanz Heck, se intentó trasladar sin éxito la casa de fieras a la Casa de Campo, traslado que no ocurrirÃa hasta el 22 de junio de 1972.
La mayorÃa de las instalaciones de la antigua casa de fieras fueron desmanteladas y los pabellones, ya durante los primeros años de la democracia, se convirtieron en dependencias de la Junta Municipal del Distrito de Retiro.
http://tonimonton.blogspot.com/2010/02/la-casa-de-fieras.html
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