PASEMOS LOS DEDOS SOBRE EL RETIRO DE MADRID
Me comenta un amigo ciego que le gustaría pasarse por el Retiro de Madrid, sabedor de mi afición por ese lugar. Pero claro, como comprenderéis él tiene un problema que le impide disfrutar plenamente del sitio: y es que no vive en Madrid. No pasa nada, La Revelación subsanará esa tara. Que disfrutes del paseo, Tomás.
Estamos sentados en uno de los laterales de piedra del lago del Parque del Buen Retiro de Madrid. La piedra fría y rugosa nos cede su asiento, y lo aprovechamos para acomodarnos colocando los brazos sobre la baranda de hierro que rodea al lago.
Escuchamos algunos chapoteos que provienen del agua. Pueden ser largos y pacientes: son las piraguas o las barcas, que los madrileños alquilan para navegar en pleno centro de la ciudad. La piragua es una aguja que zurce el lago, escribiendo frases acuáticas, garabateando poemas de agua sobre el agua.
Pero también pueden ser chapoteos como picaduras, eclosiones como las de una burbuja que acabara de explotar sobre las suaves olas. Son los peces, que se escurren constantemente a la espera de cualquier trozo de pan, de cualquier chuchería. Los madrileños aman el Retiro y aman el pan, y las barras calientes y olorosas suelen pasear bajo sus brazos durante largas mañanas; también aquí, y algunas acaban constituyendo el almuerzo de los peces, que pasean como buenos madrileños que son por los pasillos y las avenidas subacuáticas que deben de tener debajo del lago.
Estamos sentados frente al Mausoleo de Alfonso XII, que se alza al otro lado, en la otra orilla. Fue erigido de bronce y mármol a principios del siglo XX y en su construcción trabajaron veinte escultores, que obtuvieron como resultado final este conjunto de treinta metros de alto, ochenta y seis de largo y cincuenta y ocho metros de ancho. Un semicírculo de columnas abraza en el espacio al bloque principal sobre el que cabalga el antiguo monarca a lomos de su caballo de bronce. Cuatro leones protegen al mausoleo, abajo, solemnes frente al agua y duplicados sobre la superficie del lago, de modo que tenemos dos Mausoleos, uno superior, aéreo y sólido, y otro flotando sobre las aguas, invertido y bamboleante, configurando ambos una figura doble.
Tam, tam, tam… Puede que suenen algunos tambores desde el Mausoleo, pero no son los cascos del caballo al galope, sino las manos de grupos de jóvenes que se congregan en las escaleras que descienden desde los leones hasta el lago, y que golpean sus tambores y darbukas, otorgando así al Retiro una banda sonora egipcia, desértica, oriental.
Pero nos saldrán al paso sonidos más cercanos, a nuestras espaldas. Las palmadas de los chinos, que caen como aleteos de palomas sobre los cuerpos de la gente que solicita sus servicios de masajes. Masajes, diez euros. Y los madrileños se convierten en un vegetal más, en plantas maleables y relajadas que se dejan hacer en manos chinas, eliminando estrés, retirándose en el Retiro, mutándose en marionetas humanas.
Pero también escucharemos a las marionetas reales, de trapo, con voces agudas, a las que siempre siguen un coro de risas infantiles, porque las risas de los niños siguen a las voces de los guiñoles que se colocan en la Avenida Principal del Retiro como los ratones detrás del flautista de Hamelín. Y escucharemos a los artistas ambulantes, metales, vientos, notas musicales que buscan ganarse otro sonido: el de las monedas al caer en la caja de latón. Y las escucharemos confundidas, desde nuestra posición aquí, en esta piedra junto al lago, y nos llegarán, como vientos locos, voces peruanas, cubanas, guitarras madrileñas o acordeones de Europa del Este. Y escucharemos, si prestamos atención y agudizamos el oído, el siseo de las cartas del Tarot, porque tenemos cerca de los echadores de cartas, que predicen el futuro —o lo inventan poéticamente— a cambio del siseo de los billetes.
Respiremos profundamente, relajémonos como si nos hubiésemos puesto en manos de los masajeadores chinos: quizá nos llegue la fragancia de los rosales, los famosos rosales del Retiro, porque sus olores vuelan como exploradores a la conquista de todas nuestras narices.
Estamos sentados sobre la piedra fría y rugosa, y nos vamos a ir levantando ya, para no quedarnos nosotros tan inertes como ella. Echaremos a andar, avenida abajo, quizá en pos de los gritos mudos de la estatua del Ángel Caído, la única estatua del demonio del mundo, que cayó de no sabemos qué cielos y vino a caer, no podía ser de otro modo, en medio de Madrid, en el Retiro.
Tags: amigo, Ángel Caído, barcas, dedos, estatua, lago, Madrid, Mausoleo Alfonso XII, pan, parque, piedra, Retiro, rosales
http://www.larevelacion.com/pasemos-los-dedos-sobre-el-retiro-de-madrid/